Mejor me acuesto temprano, mañana es Lunes y no quiero andar con tuto -pensé- Z z z. . .
Estoy en España, lo sé, porque la vieja y derruida casona en la que me encuentro con mi amigo viven varios españoles. La casa tiene un techo muy alto, y es oscura y húmeda, pájaros vuelan en la techumbre y la luz del sol se cuela en la gran sala-comedor a través de muchos agujeros.
Me siento tan extranjero y extraño; sin embargo todos tenemos algo en común: trabajamos en algo que no nos gusta para poder vivir pero el deseo de hacer lo que nos llena más espiritualmente persiste en todos y cada uno. Pero, ¿por qué en España? no lo sé. ¿Por qué tengo un amigo coterráneo a mi lado? No lo sé... pero lo quiero mucho.
Salimos a caminar por las calles estrechas de la ciudad, hay una especie de carnaval o una fiesta muy alegre, pero ambos caminamos entre la gente algo serios y conversamos mucho en voz baja.
—No, no sé qué haremos ahora... no creo que pueda encontrar trabajo como médico o lo que sea
—Sí, sí podrás, lo que pasa es que no te tienes fé.
—No es eso, es que me siento tan aparte aquí... tan discriminado...
—No, estás mal, eso no es cierto —me apoya mi amigo.
Al llegar al cruce de otra calle hay un gran auto que obstruye el paso, pero podemos pasar por dentro de el y llegar al otro lado. Entramos al automóvil, pero mi amigo decide recostarse sobre el asiento trasero, que al fijarme bien noto que está tapizado de rojo carmín y hay varios cráneos humanos y rosas formando el respaldar; observo a mi amigo y parece estar muerto sobre el asiento, pero de pronto despierta y seguimos el camino.
Nos perdemos en una calle estrecha y poco iluminada. Seguimos discutiendo en qué podremos trabajar, es como una conversación eterna, pero no importa... estoy con mi amigo... y lo quiero caleta, como a un hermano.
Despierto y miro el reloj: 3:05 am. Estoy todo sudado y pienso: ¿Qué estarás soñando ahora?


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